martes, 21 de octubre de 2025

ENSAYO CRÍTICO–SOCIAL SOBRE LA PELÍCULA ROMERO (1989)

 ENSAYO CRÍTICO–SOCIAL SOBRE LA PELÍCULA ROMERO (1989)

El filme Romero (1989) narra la transformación espiritual, ética y política de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, en medio de un país sometido a la represión militar, la desigualdad social y el terror estatal previo a la guerra civil salvadoreña. El presente ensayo realiza un análisis crítico–social de la película desde tres ejes complementarios: los derechos humanos, el papel de la Iglesia latinoamericana y la memoria histórica. Se sostiene que la figura de Romero encarna la resistencia moral frente a la violencia institucional, y que su palabra se convierte en una herramienta política de denuncia y dignificación humana. El filme no solo documenta una época oscura, sino que también conserva la memoria de la lucha latinoamericana contra las dictaduras. Finalmente, se concluye que el mensaje de Romero mantiene plena vigencia ante los actuales escenarios de injusticia en América Latina.

 

La historia reciente de América Latina está marcada por dictaduras militares, represión, desapariciones forzadas y violaciones sistemáticas a los derechos humanos. En ese contexto, la película Romero (1989), dirigida por John Duigan, ofrece una representación poderosa del papel que algunos sectores de la Iglesia asumieron en defensa del pueblo frente a la violencia estatal. El filme se basa en la vida de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980, y muestra cómo un líder religioso, inicialmente moderado, se transforma en una voz profética contra la injusticia social.

 

Este ensayo tiene como propósito realizar un análisis crítico–social desde un enfoque mixto que abarque tres dimensiones: la denuncia de las violaciones de derechos humanos; el papel de la Iglesia en la defensa del pueblo y la Teología de la Liberación; y la memoria histórica como herramienta de resistencia frente a la impunidad. Se plantea como tesis que Romero no es solo una película histórica, sino un testimonio visual que articula ética, política y espiritualidad, y cuyo mensaje centrado en la dignidad humana continúa vigente en el presente latinoamericano.

 

El filme inicia en un ambiente de tensión social en El Salvador durante la década de 1970. La oligarquía, apoyada por las Fuerzas Armadas, controla el país mediante la violencia, mientras campesinos y comunidades eclesiales de base reclaman justicia. Romero, interpretado por Raúl Julia, es nombrado arzobispo como una figura aparentemente dócil y políticamente neutral. Sin embargo, el asesinato de su amigo, el padre Rutilio Grande, marca un punto de inflexión y despierta en Romero un compromiso radical con los pobres, pronunciando la frase que resume su evolución moral: «La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres» (Duigan, 1989).

 

A partir de ese momento, Romero denuncia públicamente las injusticias, documenta violaciones de derechos humanos y exige el cese de la represión. Una de las escenas más impactantes es cuando, frente a los micrófonos, suplica a los soldados: «En nombre de Dios, en nombre de este sufrido pueblo, les suplico, les ruego, les ordeno: ¡cese la represión!» (Duigan, 1989). La película culmina con su asesinato durante una misa en 1980, símbolo de la violencia del Estado contra quienes se atrevieron a cuestionar su poder.

 

La historia que narra Romero se sitúa en los años previos a la guerra civil salvadoreña (1980–1992), conflicto alimentado por la desigualdad estructural, la Guerra Fría y la intervención militar estadounidense. El Salvador replicó el patrón común en América Latina: Estados autoritarios que usaron el discurso anticomunista para justificar el terrorismo de Estado, tal como ocurrió en Chile, Argentina, Guatemala y otros países.

 

En este contexto emergió la Teología de la Liberación, corriente que planteaba la opción preferencial por los pobres y exigía una Iglesia comprometida con la justicia social. Ese discurso fue asumido por Romero al comprobar que la neutralidad religiosa frente a la injusticia era, en realidad, una forma de complicidad. Por eso afirmó —según el filme— que «la Iglesia no puede permanecer en silencio cuando se pisotea la dignidad del hombre» (Duigan, 1989), convirtiéndose en un símbolo ético para América Latina.

 

Uno de los ejes centrales del filme es la denuncia de las violaciones sistemáticas a los derechos humanos perpetradas por el Estado salvadoreño. Romero exhibe ejecuciones extrajudiciales, censura, persecución política, torturas y desapariciones forzadas como parte de un aparato represivo institucionalizado. En una escena clave, tras presenciar la brutalidad militar, Romero afirma: «No hay justicia en este país. Solo hay poder y miedo» (Duigan, 1989), dejando al descubierto la ruptura total del Estado de derecho.

 

La película muestra cómo la represión fue presentada bajo la retórica del anticomunismo, un discurso que legitimó el terror estatal en gran parte de América Latina durante la Guerra Fría. El filme evidencia que la violencia no fue un exceso aislado, sino una estrategia política que buscaba detener cualquier organización popular. Desde una lectura crítica, Romero invita a comprender los derechos humanos no como un concepto abstracto, sino como una lucha concreta frente al poder represivo del Estado.

 

El segundo eje del análisis es el papel de la Iglesia. Al inicio, Romero encarna a una institución que evita el conflicto político, pero la realidad del pueblo oprimido lo transforma. Su evolución coincide con los planteamientos de la Teología de la Liberación, que sostiene que la fe cristiana exige denunciar las estructuras de pecado, es decir, las estructuras de injusticia. Cuando Romero proclama: «La misión de la Iglesia es defender la vida, no proteger a los poderosos» (Duigan, 1989), el filme sintetiza su conversión pastoral en una postura profética.

 

El arco del personaje también refleja la fractura interna de la Iglesia: una parte aliada al poder y otra comprometida con el pueblo. Su figura resalta que el cristianismo, lejos de ser pasividad, puede convertirse en resistencia ética. La película subraya que la neutralidad religiosa, en contextos de injusticia, termina siendo una forma de complicidad.

 

El tercer eje es la memoria. Romero funciona como un testimonio cinematográfico que impide el olvido. En América Latina, las dictaduras buscaron borrar sus crímenes, silenciar a las víctimas y justificar la violencia. El filme, al mostrar la organización campesina, las comunidades eclesiales de base y las voces populares, recupera la memoria colectiva de quienes resistieron. Desde la pantalla, Romero señala: «Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño» (Duigan, 1989), frase histórica que resignifica el poder político de la memoria.

 

La película, vista críticamente, no se limita a retratar a un héroe individual, sino a un pueblo que se convierte en sujeto histórico. La memoria, entonces, no es nostalgia, sino acción: recordar es un acto de resistencia contra la impunidad.

 

En este punto, es pertinente destacar el papel del lenguaje cinematográfico como vehículo político. Más allá del argumento, Romero utiliza los recursos del cine para construir una estética de la resistencia. La dirección de John Duigan y la fotografía de Geoffrey Simpson reproducen la tensión entre la fe y el miedo mediante planos cerrados, luz natural y silencios prolongados. Cada encuadre de violencia contrasta con la serenidad de los actos litúrgicos, revelando la contradicción entre la espiritualidad y el horror. El uso del sonido, en particular el silencio que precede al asesinato de Romero, actúa como una metáfora del apagamiento forzado de la verdad, pero también del eco eterno de su mensaje. Así, el lenguaje visual y auditivo del filme refuerza el contenido político, haciendo del cine un acto de denuncia y memoria.

 

Asimismo, el filme propone una visión profunda de la espiritualidad como praxis liberadora. La figura de Romero encarna una fe comprometida con la justicia, en sintonía con los postulados de la Teología de la Liberación. Su oración no lo aleja del mundo, sino que lo impulsa a enfrentarse al poder. En este sentido, Romero redefine la santidad como compromiso ético, mostrando que la fe cristiana solo tiene sentido cuando se pone al servicio de la vida y de los oprimidos. La espiritualidad de Romero no es una huida del conflicto, sino una forma de resistencia activa frente a la injusticia. La religión, en su caso, se convierte en herramienta de emancipación social, anticipando los debates actuales sobre el papel de las Iglesias frente a los nuevos autoritarismos y desigualdades de la región.

 

A más de tres décadas de su estreno, Romero conserva una vigencia indiscutible. Los dilemas éticos y políticos que plantea la represión estatal, la concentración del poder, la criminalización del disenso siguen presentes en varios países latinoamericanos. En tiempos de polarización y desinformación, su mensaje adquiere una nueva relevancia: la defensa de los derechos humanos no es una tarea exclusiva de activistas o instituciones, sino una responsabilidad colectiva. La figura de Romero interpela hoy a periodistas, líderes sociales, comunidades religiosas y ciudadanos comunes a no permanecer indiferentes frente al sufrimiento ajeno.

 

La canonización de Romero en 2018 por el papa Francisco reafirmó su legado, pero el filme de 1989 ya lo había convertido en símbolo universal de la dignidad humana. En el contexto actual, su historia invita a reflexionar sobre la memoria como forma de justicia y sobre la necesidad de mantener viva la palabra frente al silencio impuesto por el poder. Romero no pertenece solo al pasado: su mensaje dialoga con el presente y proyecta esperanza hacia el futuro.

 

Romero es, por tanto, una obra cinematográfica que trasciende el relato biográfico para convertirse en un documento crítico de la historia latinoamericana. Su valor radica en mostrar cómo la dignidad humana puede levantarse frente al terror estatal y cómo la fe, cuando se compromete con la justicia, se convierte en acción liberadora. La figura de Monseñor Romero articula memoria, espiritualidad y resistencia social, recordando que el silencio ante la injusticia es otra forma de violencia. Vista desde una perspectiva crítica–social, la película invita a comprender el pasado para enfrentar el presente con la convicción de que los derechos humanos son irrenunciables y que la memoria es un camino contra la impunidad. En última instancia, Romero enseña que la palabra y la verdad, cuando se pronuncian desde la conciencia, tienen el poder de sobrevivir incluso a la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Referencias

 

• Comisión de la Verdad para El Salvador. (1993). De la locura a la esperanza: La guerra de 12 años en El Salvador. Naciones Unidas.

 

• Duigan, J. (Director). (1989). Romero [Película]. PaulistPictures.

 

• Gutiérrez, G. (1971). Teología de la liberación: Perspectivas. CEP.

 

• Sobrino, J. (1990). Monseñor Romero: Su pueblo le hizo santo. UCA Editores.

 

• Brockman, J. R. (1989). Romero: A Life. Orbis Books.

 

• Boff, L. (1986). Iglesia: Carisma y poder. Sal Terrae.

 

• San Miguel, R. (2008). El legado de Monseñor Romero y la resistencia latinoamericana. Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”.

 

• Zubiría, R. (2011). Memoria, ética y política en América Latina. Siglo del Hombre Editores.

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