martes, 7 de octubre de 2025

Dilema social en la era de Internet: qué sucede cuando perdemos el control de la autonomía.

 Dilema social en la era de Internet: qué sucede cuando perdemos el control de la autonomía.

El documental “El dilema de las redes sociales”, de Jeff Orlowski, que se estrenó en Netflix este año, es más que una poderosa explicación visual de cómo funcionan las plataformas digitales; es un ejemplo alarmante de las formas en que la tecnología ha infiltrado nuestras vidas diarias y psiques. Basándose en testimonios de ex empleados de Facebook, Twitter, Google e Instagram, la película expone lo que ocurre herméticamente sellado detrás de las pantallas y subraya cómo las mismas plataformas que pretendían conectar a las personas, finalmente nadan en un océano colectivo que se lucra al transformar cada clic o deslizamiento en datos comerciables.

En el corazón de esto, este trabajo ilumina un comportamiento humano fundamental/fenómeno sociológico: que nunca hemos estado en control de nuestros datos, nuestra atención o nuestra información; más bien la tecnología nos ha controlado durante mucho tiempo y nos ha transformado en nada más que comportamiento capturado por códigos en máquinas o como datos personales para ser explotados para los fines que las empresas consideren adecuados. Desde la perspectiva de la psicología social, el tema de las redes sociales puede interpretarse como una exploración de cómo el poder (influencia), el cumplimiento y el control (comportamiento) funcionan en el ciberespacio.

"Las redes sociales no son solo un mecanismo para la interacción social o para compartir información, sino que también son parte de la arquitectura cuidadosamente diseñada para cambiar actitudes, creencias y comportamientos", dice. Cualquier pequeño trozo de ellas, un me gusta, una notificación, todos los videos recomendados, —todo me hace más como soy.

 

Este mecanismo se basa en los principios bien establecidos del condicionamiento operante, tal como lo describió B.F. Skinner, en el cual un comportamiento (por ejemplo, revisar tu teléfono) que es recompensado ocasionalmente con estímulos placenteros (notificaciones, comentarios, validación social) se vuelve más probable de repetirse. Eso es lo que las redes sociales hacen de una manera amplia y automatizada, utilizando hábitos de comportamiento para crear dependencia digital. El documental también detalla cómo los sistemas utilizados para difundir contenido están subvirtiendo el deseo de las personas por la positividad, algo que se cree que es una calidad humana esencial según la teoría de la identidad social.

 

En los medios digitales, la autoimagen se convierte en una imagen pública que siempre está a prueba por "me gusta" y vistas. Este clima aumentaría el proceso de comparación social descrito por Leon Festinger, en el cual los individuos se evalúan a sí mismos en función de cómo se comparan con otros. Las redes sociales magnifican este proceso de comparación, lo que a menudo conduce a sentimientos de insuficiencia, ansiedad y depresión, particularmente entre los jóvenes que construyen sus identidades en entornos que priorizan ser vistos. Y entonces, lo que parecía ser un lugar de conexión se convierte ahora en una fuente de angustia emocional y fragilidad psicológica.

 

A nivel social, los algoritmos moldean la creación de la realidad compartida: las plataformas digitales no son simplemente repositorios de información, sino también la clasifican y seleccionan para ayudar a guiar nuestras creencias y percepciones. Aquí, los algoritmos sirven como influenciadores sociales, construyendo lo que han sido etiquetados como “cámaras de eco” — lugares donde las personas solo ven contenido que refleja sus propias opiniones. Este proceso alienta la polarización, no hay diálogo y en su lugar tiende hacia extremos radicales. El estado socialista nunca desapareció, pero ahora acecha —para muchas personas mayores de 50 años— en nuestro propio sistema político; ya no solo escuchamos acerca de los “ellos” en (rellenar el espacio en blanco) la Unión Soviética y Polonia, Corea del Norte y Cuba.

 

Sabemos que algunos de ellos votan en tu calle el día de las elecciones. Así que, resulta que las plataformas de redes sociales, al privilegiar la respuesta emocional sobre el establecimiento y la permanencia en los principios, proporcionan contextos donde el desacuerdo y el conflicto son fructíferos y deseables. Una de las cosas más inquietantes reveladas en el documental es cómo sutilmente los usuarios pierden su autonomía. El propósito de las redes sociales no es compartir contenido que distraiga a los usuarios de su entorno o los convenza con estéticas atractivas; más bien, es predecir y controlar el comportamiento de las personas.

 

Los datos específicos producidos por cada usuario se procesan usando algoritmos capaces de prever intereses, emociones y posibles elecciones y que crean un entorno donde nuestras acciones están condicionadas. Así, la libertad personal es una ilusión porque todas las elecciones están moldeadas por un mecanismo formado para guiar. En términos psicológicos, puede relacionarse como un locus de control externo: las personas sienten que su comportamiento está controlado por el exterior. Este sentido de perder el control sobre uno mismo es una amenaza no solo para la salud mental de los individuos sino también para la democracia, porque una sociedad que se siente emocionalmente manipulada será más vulnerable a las falsedades y a la tiranía.

 

El efecto psicológico retratado en la película es aún más pronunciado en los adolescentes. Las escenas presentadas muestran cómo los jóvenes se vuelven adictos a las redes sociales, afectando su autoestima y la capacidad de concentración. Cada notificación es un desencadenante hacia la dopamina, ese químico del bienestar, que nos engaña para que alcancemos nuestros teléfonos una y otra vez. Si uno puede mirar el refuerzo social como un aspecto de la psicología social, los adolescentes están hambrientos de recompensas y aceptación en su grupo de pares; cuando lo logran a través de "me gusta" o comentarios, los valida, si no, la ansiedad y la irritación comienzan a rumiar. Y entonces, se crea un ciclo emocional adictivo en el que el valor personal se asocia a la exposición y alabanza digital.

 

El resultado es que una generación está bajo una presión implacable para aparentar ser perfecta, con efectos profundos y perjudiciales sobre su salud emocional y cómo se perciben a sí mismos. La película también alerta sobre cuestiones filosóficas y políticas acerca de cómo operan los hilos a través de las redes sociales. Estas son plataformas que no solo hacen lo que quieren con los datos personales, o lo que es mejor para sus accionistas, sino que, de manera mucho más peligrosa, en mi opinión, desempeñan un papel cada vez más activo como participantes políticos, incluyendo la intervención en procesos electorales y la formación de la opinión pública.

 

Una empresa como Cambridge Analytica demostró a gran escala cómo los algoritmos pueden cortar y rebanar mensajes políticos basados en los rasgos psicológicos de cada usuario para desencadenar los miedos, hostilidades y comportamientos justos. En términos de mecanismo psicológico social, por lo tanto, tal fenómeno puede conceptualizarse como un tipo de persuasión subliminal a través de la exposición a mensajes personalizados que resultan en la transformación psicológica de actitudes y/o decisiones sin la conciencia de uno mismo.

 

También distorsiona las fuerzas que moldean nuestra sociedad, obligando a los principios democráticos a jugar un papel cada vez más insignificante. El poder político se acumula en cambio a aquellos que controlan la información y los algoritmos mediante los cuales se toman decisiones colectivas en lugar del pensamiento crítico al respecto. En términos éticos, "El dilema de las redes sociales" plantea una pregunta fundamental: ¿cuánto protagonismo tienen las personas todavía sobre su propia conducta en un entorno inherentemente diseñado para dirigirla y moldearla?

 

La respuesta de la psicología social es compleja, porque el comportamiento humano siempre dependerá del contexto. Pero el ámbito digital añade un nuevo factor complicador: su capacidad de cambiar en tiempo real según nuestro estado de ánimo, rutinas y sensibilidades. Aunque esta información puede mantenerse en bases de datos, estas capas de plataformas no solo rastrean nuestras acciones sino que también aprenden de ellas y responden estratégicamente para impactarnos más. En ese sentido, el poder de los algoritmos recuerda al “Gran Otro” de Zuboff, un ser invisible que ve y conoce nuestros deseos, capaz de hacernos hacer lo que quiere sin aplicar ninguna presión directa.

 

Es un poder psíquico de predicción y control silencioso, cuya fuerza radica en que es invisible en cierto modo y resistirlo es radicalmente incómodo. La película también sugiere una meditación sobre la responsabilidad colectiva ante este fenómeno. No es solo que las personas sean adictas o que las empresas tengan fines lucrativos. Desde la perspectiva de la psicología social, es importante ser conscientes de que las personas y la tecnología no se relacionan incondicionalmente, sino más bien a través de factores culturales, sociales y económicos que influyen en el comportamiento humano.

 

Así, sin embargo, las soluciones deben surgir colectivamente y centrarse en unas pocas áreas: educación digital, regulación ética de las plataformas y asegurarse de que los niños sean pensadores críticos. La alfabetización emocional y mediática podría proporcionar a los individuos habilidades para reconocer los procesos de manipulación y reforzar su autonomía. Además, la psicología social puede ayudar a crear tecnologías humanas que apoyen un énfasis en la empatía, la cooperación y el bien común sobre el consumo y la adicción digital.

 

Al final, “El dilema de las redes sociales” representa un llamado urgente a la conciencia sobre la tecnología. Es un recordatorio importante de que, a pesar de las apariencias en contrario, la tecnología encarna inexorablemente intereses, valores y decisiones humanas. Desde la perspectiva psicológica social, sin embargo, también podríamos decir que las redes son simplemente un espejo de nuestras dinámicas colectivas: nuestro deseo de conectar y ser parte de algo; nuestra curiosidad por los demás y el miedo a quedar fuera; nuestra dependencia de —o aversión a— la aprobación de los pares.

 

Excepto que hoy, estas características se están explotando con precisión científica para mantenernos enganchados, aislados y acosados. Recuperar nuestra soberanía en la era digital significa arrancar estas palancas y exigir transparencia. Pero también significa reconectar con lo que es genuinamente humano: pensamiento independiente, emociones crudas libres de intermediarios y relaciones auténticas que no se producen en el ámbito digital.

 

“El dilema de las redes sociales” no ofrece respuestas fáciles, pero sí nos da mucho en qué pensar. Esto hace claro que el problema no es tanto la tecnología como cómo la usamos y sucumbimos a ella. Si consideramos este fenómeno desde la perspectiva de la psicología social, se vuelve claro que la verdadera batalla no es solo con los algoritmos, sino con el compromiso y la inactividad.

 

En una era en la que la atención se ha convertido en la mercancía más escasa, mirar hacia adentro, hacia los propios pensamientos, es un acto deliberado de soledad y autosuficiencia.

Referencias

 

Asch, S. E. (1955). Opinions and social pressure. Scientific American, 193(5), 31–35.

 

Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117–140.

 

Milgram, S. (1974). Obedience to authority: An experimental view. Harper & Row.

 

Orlowski, J. (Director). (2020). El dilema de las redes sociales [Documental]. Netflix.

 

Skinner, B. F. (1953). Science and human behavior. Free Press.

 

Zuboff, S. (2019). La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Paidós.


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