Ariel Dorfam
Armand Mattelart
Para leer el pato Donal(comunicación de la masa y el colonialismo)
El libro Para leer al Pato Donald, publicado en 1971 por Ariel Dorfman y Armand Mattelart, me hizo ver con otros ojos lo que siempre se nos presentó como un mundo inocente y encantador. Crecí, como muchos, rodeada de los personajes de Disney: Mickey, Donald, Goofy, que parecían simplemente divertidos, inofensivos y entrañables. Sin embargo, al leer esta obra comprendí que detrás de esas aventuras graciosas y de esas imágenes azucaradas se escondía algo mucho más profundo: un proyecto ideológico cuidadosamente diseñado para moldear la manera en que vemos la infancia, la autoridad, el género y hasta la cultura misma. Los autores lo expresan de manera directa y con un tono provocador: “detrás del azucarado Disney, el látigo”. Esa frase, que parece tan dura, refleja la esencia de su análisis, pues deja al descubierto que lo que se nos presentaba como inocencia era en realidad un mecanismo silencioso de disciplinamiento.
Lo interesante es que no se trata de una crítica ligera o superficial a un dibujo animado. El libro marca un antes y un después en la forma de entender la cultura de masas. Dorfman y Mattelart nos invitan a pensar que los productos culturales, incluso los que parecen más inocentes, transmiten valores, creencias y visiones del mundo que rara vez cuestionamos. Así, las historietas y películas de Disney funcionan como verdaderos manuales de socialización, donde se enseña qué roles deben ocupar los niños, cómo deben comportarse frente a la autoridad, qué tipo de familias son aceptables y cuáles no, e incluso qué culturas son dignas de admiración y cuáles quedan relegadas al papel de “ingenuas” o “inmaduras”.
Al avanzar en la lectura, descubrí que los autores no solo desmontan los estereotipos presentes en estas historias, sino que además nos hacen reflexionar sobre cómo estos mensajes han acompañado la formación de millones de niños alrededor del mundo. No es casualidad que generaciones enteras hayan crecido identificándose con estos personajes; la cultura de masas tiene una capacidad de penetración tan fuerte que termina definiendo lo que entendemos por normalidad. Dorfman y Mattelart muestran que Disney no se limita a entretener: construye subjetividades, moldea mentalidades y asegura que las estructuras de poder y desigualdad se transmitan de una generación a otra bajo la apariencia de juegos y fantasía.
Lo que más me impacta de esta obra es la claridad con que demuestra que la infancia, lejos de ser un espacio libre y auténtico, se convierte en un terreno controlado, donde los adultos proyectan sus propios intereses y necesidades. Los niños, al consumir estas historias, terminan aprendiendo sin darse cuenta a aceptar jerarquías, a naturalizar desigualdades y a ver el mundo a través de los ojos de quienes ya ocupan el poder. En este sentido, leer Para leer al Pato Donald no es solo un ejercicio académico, sino una experiencia personal que obliga a cuestionar aquello que antes dábamos por hecho: que la risa y la ternura de un dibujo animado eran inocentes. La obra nos recuerda que nada en la cultura de masas es neutral y que, si queremos una sociedad más justa, debemos atrevernos a mirar más allá de la superficie brillante del entretenimiento.
Uno de los grandes aportes de Para leer al Pato Donald es mostrar cómo la cultura de masas no solo entretiene, sino que actúa como un dispositivo de socialización. En psicología social, Serge Moscovici planteó la teoría de las representaciones sociales, según la cual los individuos comparten sistemas de imágenes, valores y creencias que orientan su comportamiento en la vida cotidiana. Disney, con sus historietas y películas, ofrece un claro ejemplo de cómo se construyen esas representaciones. Cuando el Tío Rico aparece como un personaje avaro pero al mismo tiempo admirado y exitoso, el mensaje no es inocente: se transmite la idea de que la riqueza es un símbolo de poder y prestigio, incluso si ha sido obtenida mediante la explotación de los demás. La risa que genera el personaje oculta el trasfondo ideológico: en ese universo, ser rico equivale a ser superior, y la desigualdad parece algo inevitable.
En esta misma línea, Berger y Luckmann explicaron que la realidad social es una construcción colectiva. Lo que aceptamos como natural —que los niños deban obedecer sin cuestionar, que los ricos siempre estén por encima de los pobres, que las mujeres solo tengan dos papeles posibles— no es producto de la biología, sino de la cultura. Dorfman y Mattelart muestran que Disney construye la infancia como un espacio dócil y obediente, en el que los niños no tienen autonomía ni voz propia. Un ejemplo claro es la dinámica entre Donald y sus sobrinos: aunque el tío actúe de forma autoritaria o absurda, los pequeños acaban sometiéndose. Esa obediencia se convierte en un modelo que los lectores reproducen: se naturaliza la idea de que la autoridad no se cuestiona, aunque sea injusta.
Michel Foucault ayuda a comprender aún mejor esta lógica con su noción de poder disciplinario. Para él, el poder no se ejerce únicamente a través de la violencia directa, sino que actúa de forma sutil, organizando la vida cotidiana y produciendo sujetos obedientes. En Disney, ese poder se refleja en la repetición de roles y en la existencia de manuales que contienen respuestas para todo. El “Manual de los Cortapalos”, consultado una y otra vez por los sobrinos de Donald, es un símbolo de este tipo de poder: representa un saber absoluto que no se discute. Los niños que leen estas historietas aprenden que la vida está llena de reglas fijas y que la creatividad o la crítica no tienen espacio. En lugar de fomentar la autonomía, se refuerza la obediencia a un orden preestablecido.
La psicología social también aporta las investigaciones de Stanley Milgram sobre la obediencia a la autoridad. Sus experimentos demostraron que las personas son capaces de cumplir órdenes dañinas simplemente porque provienen de alguien investido de poder. Este hallazgo ilumina lo que ocurre en las historietas de Disney: personajes que aceptan sin chistar las instrucciones de sus superiores, aunque carezcan de sentido. Al identificarse con esos personajes, los niños internalizan la idea de que la obediencia es siempre positiva, y que desobedecer equivale a ser problemático o “malo”. De esta manera, las historias refuerzan la sumisión como un valor central.
Pierre Bourdieu también resulta fundamental con su concepto de violencia simbólica. Esta no requiere de golpes ni de castigos visibles: se impone cuando los dominados aceptan la desigualdad como algo natural. Disney transmite esta forma de violencia al representar a las mujeres solo como princesas ingenuas o como brujas malvadas. La frase de Dorfman y Mattelart es lapidaria: “A la mujer únicamente se le concede dos alternativas (que no son tales): ser Blanca Nieves o ser la Bruja”. El mensaje es claro: la feminidad queda reducida a un estereotipo binario. Y lo más peligroso es que, al repetirse una y otra vez, esos estereotipos son asumidos como “lo normal”. Los niños y niñas aprenden, casi sin darse cuenta, que ese es el único guion posible para las mujeres, y así la desigualdad se perpetúa sin necesidad de violencia explícita.
Albert Bandura, con su teoría del aprendizaje social, refuerza esta idea. Él sostuvo que gran parte de lo que aprendemos lo hacemos observando e imitando modelos. En este caso, los personajes de Disney se convierten en modelos de conducta. Los sobrinos de Donald, obedientes y astutos pero siempre subordinados, muestran a los niños lectores que la rebeldía no es deseable, que lo correcto es ajustarse a lo que dictan los adultos. Del mismo modo, el Tío Rico enseña que el dinero otorga poder, aunque ese poder se use para humillar a otros. Al imitar estos modelos, los niños no solo se entretienen, sino que interiorizan un conjunto de valores que configuran su visión del mundo.
La crítica de Dorfman y Mattelart también pone en evidencia cómo las historietas reproducen prejuicios coloniales. En varias historias, los personajes que representan a pueblos periféricos aparecen como ingenuos, torpes y fáciles de manipular. Los autores lo describen con claridad: “los periféricos son cándidos, tontos, irracionales, desorganizados y fáciles de engañar […]; los metropolitanos representan el futuro, los otros el pasado”. Este esquema refuerza la idea de que América Latina y otras culturas no occidentales son como niños inmaduros que necesitan la guía de las potencias del Norte. Desde la psicología social, esto puede analizarse a través de la noción de prejuicio y dominación simbólica: se legitima la desigualdad internacional mediante representaciones culturales que parecen inofensivas, pero que tienen un profundo impacto en la forma en que los pueblos se perciben a sí mismos.
Finalmente, el concepto de reproducción social, desarrollado por Bourdieu, ilumina el mensaje de fondo de Disney. Lo que los niños aprenden en estas historietas no es casual: se espera que lo repitan cuando crezcan. La cultura se convierte en un mecanismo que asegura que las estructuras de poder permanezcan intactas. Como escriben Dorfman y Mattelart, “el niño-puro reemplazará al padre corrompido, con los valores de ese progenitor”. En esa frase se encierra la esencia de la reproducción social: el futuro ya está escrito porque la infancia ha sido moldeada para repetir el mismo guion.
Todo esto demuestra que Para leer al Pato Donald no es un libro que se limite a criticar caricaturas, sino una obra que nos brinda herramientas para analizar de manera crítica la cultura que consumimos. Lo más inquietante es que estos mensajes se transmiten de forma tan sutil que rara vez los cuestionamos. La psicología social, al desentrañar estos procesos, nos recuerda que la cultura nunca es neutral y que incluso los productos destinados a la infancia pueden estar cargados de ideología. Reconocerlo no significa renunciar al entretenimiento, sino aprender a mirarlo con otros ojos, a identificar lo que hay detrás de las sonrisas dibujadas y a entender cómo esas narrativas influyen en la manera en que concebimos la sociedad
En conclusión, leer Para leer al Pato Donald desde la psicología social no es solo un ejercicio intelectual, sino una invitación a revisar con mirada crítica aquello que consumimos y reproducimos sin darnos cuenta. El análisis de Dorfman y Mattelart demuestra que la cultura de masas no es un terreno neutro: es un espacio donde se disputan sentidos, donde se transmiten ideologías y donde se forman las subjetividades de quienes algún día serán adultos. Lo inquietante es que estas ideologías se ocultan tras el disfraz de lo inocente; un dibujo animado, una historieta cómica o una película infantil parecen inofensivos, pero en realidad pueden estar enseñando a obedecer, a aceptar jerarquías injustas o a limitar la imaginación a estereotipos estrechos. Comprender esto implica aceptar que, aunque la cultura nos entretenga, también nos moldea, y que lo que recibimos de manera pasiva en la infancia puede influir en la manera en que vemos el mundo cuando crecemos.
Sin embargo, este diagnóstico no tiene por qué dejarnos en la desesperanza ni en el rechazo absoluto a la cultura popular. Al contrario, abre la posibilidad de repensar la socialización desde otros lugares. Si comprendemos que lo que parece natural es, en realidad, el resultado de procesos culturales e históricos, entonces también podemos imaginar alternativas más justas. La infancia no tiene por qué ser un espacio domesticado ni la cultura de masas un vehículo de dominación simbólica. Puede convertirse en un terreno de creatividad, autonomía y libertad, donde los niños no solo imiten, sino que inventen, cuestionen y creen nuevas formas de habitar el mundo. El reto está en generar contenidos culturales que amplíen la mirada de la infancia en lugar de restringirla, que abran puertas en lugar de cerrarlas.
La enseñanza más profunda del libro es que nada está completamente dado: aquello que se nos presenta como inevitable puede ser desenmascarado y transformado. Si Disney logró construir un universo que naturaliza la desigualdad bajo la apariencia de juego, también nosotros podemos construir relatos que promuevan la equidad, la diversidad y la justicia. Aquí la psicología social cumple un papel crucial, porque nos recuerda que tenemos la responsabilidad de no aceptar pasivamente los mensajes de la cultura de masas, sino de interrogarlos, resignificarlos y generar conciencia crítica en quienes vienen detrás de nosotros.
Quizá la verdadera lección de Para leer al Pato Donald sea esa: aprender a mirar más allá de la superficie, reconocer que detrás de cada sonrisa dibujada puede esconderse un mensaje de poder, y asumir que el futuro depende de nuestra capacidad de cuestionar lo que otros nos enseñaron como “natural”. En esa tarea está la clave de una socialización más justa: que la infancia sea, por fin, un espacio de libertad y no de sometimiento, un lugar donde el juego abra caminos hacia un mundo diferente, menos jerárquico, más plural y profundamente humano.
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Bibliografía